Pizpirosis múltiple
S. Llano

4 de mayo de 2006. Colegio de España, Cité Universitaire, París. Laia Falcón, soprano; Emil Holmström, piano. Programa: W. A. Mozart, Das Lied der Trennung, Als Luise die Briefe ihres ungetreuen Liebhabers verbrannte, Der Zauberer; Edvard Grieg, Prisessen, Jeg elsker Dig, Solveigs sang; Claude Debussy, Étude pour les agréments; Jean Sibelius, Paysage, Scène d'hiver; Olivier Messiaen, Ile de feu; Manuel de Falla, El Paño moruno, Jota, Nana, Polo; Joaquín Turina, Los dos miedos, Nunca olvida, Cantares; Kurt Weill, Je ne t'aime pas, Youkali.

Puede que la sala de conciertos del Colegio de España en París no sea el entorno ideal para un recital. Es una sala triste y oscura, decorada con dos banderas marchitas de Francia y España, cuya presencia nos impide abstraernos, nos impide viajar a la noruega de los lieder de Grieg que se interpretaron en esta ocasión. Dos columnas se interponen entre el auditorio y los intérpretes, recordándonos que el sonido siempre está a merced del espacio donde se proyecta.


El Colegio de España está separado de París por un gran bulevar, como toda la Cité Universitaire de la que forma parte. El interés de la agenda cultural de la Cité aumenta cada año. Recientemente se ha visto enriquecida por la apertura de la tercera sala del Théâtre de la Ville, una de las instituciones culturales más interesantes y más infravaloradas de París. En la Cité uno tiene la sensación de respirar en un fluido ajeno a la capital, de habitar un microcosmos que se agita a su propio ritmo, y que no quiere engancharse al tiovivo parisino, viejo y desgastado.


Puede que esa sala del Colegio de España no sea el lugar ideal. Es necesario distraer nuestra atención sobre el entorno material. Así lo hizo Laia Falcón, en la tarde de su debut como recitalista.


Con su voz sensual, curvilínea y seductora, desde los primeros compases ofrece una promesa de amor a quien quiera entregarse a ella. Claro está, comenzar con La canción de la separación y Cuando Luisa quemó las cartas de su amante infiel de Mozart, sólo puede entenderse como fruto del propósito de romper con lo anterior para ofrecerse nueva y pura al público. Creo que Mozart va muy bien con la voz de Laia Falcón, y que la voz de Laia Falcón va muy bien con Mozart. Ambos dominan la expresión sincera pero retórica, heredera de los afectos barrocos. Hay una distancia irónica, coqueta y pizpireta entre lo que ambos expresan y la forma en que lo hacen, de manera que el sentimiento de fondo permanece en un plano conceptual y la retórica atrae la atención sobre sí misma, reclama su derecho a participar en el resultado emocional.


Laia Falcón posee una gran capacidad de dramatización. Entiende las peculiaridades y los convencionalismos dramáticos del género lied. A diferencia de la ópera, la efusión lírica del lied no se inscribe en un drama. Su sinceridad consiste en admitir su falsedad. Es un juego que cuenta con la complicidad del público, que permite al intérprete mantener la distancia retórica antes comentada, y afirmar su personalidad sin renunciar a la sinceridad expresiva. Por eso el lied se presta al divismo. En cualquier caso, el intérprete de lied puede trascender el marco de los convencionalismos incrementando la intensidad emotiva, de manera que se desvanezca la consciencia sobre la escena, sobre la presencia de un intérprete y del público, y sobre la relación que media entre ellos. Laia Falcón consiguió que el público abandonase las butacas del triste edificio neoescurialense para adentrarse en el territorio exótico donde uno se olvida de su punto de partida, de la metrópoli cotidiana. Nos adentramos en un territorio virgen donde no existen prejuicios que nos protejan y guíen, donde uno se ve expuesto a la amenaza y la violencia de un sentimiento incontrolado. En resumen: nuestra soprano conoce los convencionalismos retóricos del género lied y sabe trascenderlos. Fue en los tres lieder de Grieg donde mejor se manifestó. En ellos logró el enamoramiento pleno del público y alcanzó la unión plena con él. ¡Qué intensidad en Jeg elsker Dig (Te amo)! Fue el momento en que se desvaneció el velo retórico y conocimos el ardor místico y sexual.


Esta primera parte del recital fue coronada por varios “¡Ole Laia!” lanzados desde el fondo de la sala, que produjeron el mismo efecto que si la bandera de España se hubiese desprendido ante la mirada sorprendida del público: el regreso del país exótico a la metrópoli, y unas risas para tomar tierra.


Nuestro hombre en el piano, Emil Holsmtröm, se portó como un verdadero hombre. Muy masculino aguantando el embate pizpireto y la efusión de feminidad desprendida por Laia Falcón, y muy viril sosteniendo bravamente el capricho melódico de la soprano. Este jovencísimo pianista finlandés hizo gala de una profesionalidad de adulto. Cuentan los rumores que sólo abandona su estudio para dar conciertos y que en unos pocos minutos es capaz de perfilar la materialización de un ideal sonoro en la preparación de un repertorio. Recientemente ha debutado como solista ante una orquesta finlandesa. Es además un libro abierto en sus conversaciones sobre música, literatura y arte. Y todo ello sin divismos; con traje discreto, corbata, y una bisagra perfectamente engrasada y lista para ofrecer su humilde y sincero agradecimiento al público.


El interludio del concierto fue el feudo privado de Holmström. Comenzó por el Étude pour les agréments (Estudio de adornos) de Debussy, que no figura entre lo más agraciado de este grandísimo compositor francés. Muchos cruces de manos, cambios súbitos de sonoridad, rápidas cascadas y otras dificultades cruzan la partitura y obstaculizan la fluidez del discurso. Resultó mucho más elocuente en Paysage y Scène d'hiver de Sibelius, donde Hölsmtrom nos habló de su tierra natal, y de las impresiones de infancia y juventud que el paisaje nevado ha dejado sobre su pupila azulada. ¡Qué sabio y fino manejo de las masas y texturas sonoras! Un mosaico equilibrado de colores, de aquellos colores que observan en la nieve quienes quieren y saben contemplarla con atención. Holmström culminó con Ile de feu de Olivier Messiaen, donde la dificultad técnica parece extrema. Aquí debemos elogiar su nítida habilidad para separar el cantus firmus de la mano izquierda de los adornos “ornitológicos” –suponemos– de la mano derecha, y su respeto por lo que la obra tiene de fragmentario y la resistencia que ofrece a dejarse abrazar como discurso unitario.


La tercera parte nos volvió a regalar la presencia de la soprano en escena. En una selección de cuatro de las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla sacó su vena chulapona, natural de Madrid. Fue el paroxismo de la chulería, de la chulapería y también de la chulaponería. Nos asustó con su crueldad en la Jota, con la que desgarró el pecho del público. Holmström nos convenció de que ponerse la mantilla y la peineta no es cuestión de sangre sino de profesionalidad. Supo embestir con el frenesí rítmico de la Jota. Chulapón de carrera y oficio, no de carnet.


Las tres piezas de Joaquín Turina son otro ejemplo más de su capacidad para convertir la armonía en una materia gustativa y olfativa, para emocionarnos con pequeños detalles, pero para aburrirnos con construcciones complejas, tal vez derivadas de su formación en la Schola Cantorum de París bajo las enseñanzas de Vincent d'Indy. Falla y Turina fueron compañeros de aventuras en la capital francesa, pero exploraron sendas muy distintas, entonces vistas incluso como antagónicas. Ambos intérpretes resolvieron la situación poniendo en evidencia las debilidades de la obra pero distanciándose de ellas con buen ojo crítico.


Como postre nos ofrecieron dos canciones de Kurt Weill en francés. Aquí Laia Falcón nos enseñó aún otra cara más de las de su album dramático: la de femme fatale. ¿Había alguna posibilidad de resistirse a la seducción? ¿Servía de algo agarrarse a la butaca para no verse arrastrado, o buscar con la mirada baja la bandera española al fondo de la sala? Por otra parte, comprobamos que la dicción francesa sienta estupendamente a la voz cálida y redonda de esta soprano.


Como premio el aria “Je veux vivre” de Romeo y Julieta de Gounod, y “La Canción del Olvido” de la zarzuela homónima de José Serrano. En la primera, ataque de pizpirosis múltiple y control del virtuosismo extremo. En la segunda, más dosis de chulería y mucho arte para agarrarse de la cadera y pasear el rizo por la escena. ¡Ole Laia!.


Cual deus ex machina, las autoridades políticas del Colegio de España se presentaron en escena para hacer entrega del favor divino a nuestros héroes, y para pregonar la loa protocolaria a la institución que representan. ¡Bravo!. Busquemos y descubramos a Laia Falcón y Emil Holmström.

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