Carmen
Seducción, libertad y muerte.
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Laia Falcón

Cuenta la leyenda que la noche del 3 de junio de 1875 Bizet moría en Montmartre... en el mismo instante en que la primadonna que interpretaba a Carmen en la Opéra-Comique lanzaba un grito de pavor tras entonar la palabra “mort”, al final del premonitorio terceto de las cartas. Era la función trigésimo tercera de una polémica ópera que, tres meses después del estreno, no parecía recibir más que una fría acogida del público y severas críticas por su supuesta amoralidad. Y es que Bizet, autor de la ópera más escuchada desde que teatro y música se unieron, murió antes de poder ver lo que la rebelde Carmen conseguiría, no sólo en la historia de la música, sino en el reducido marco de los mitos universales.

Un desafío necesario, dentro y fuera de la ficción

Carmen es la historia de una mujer que clama por su libertad, rebelándose contra los férreos corsés de siglos de represión femenina. Y ésta no es una lucha que se limite a la mera anécdota argumental, sino que traspasa incluso la barrera de la ficción para hacer frente a empresarios, público e incluso artistas que aún no estaban preparados para entender a un personaje tan moderno: Carmen no es sólo la gitana que provoca, seduce y decide a quién querer y a quién no; no es sólo quien rechaza a don José aún sabiendo que llama así a la muerte...Carmen, además, se niega a quedar convertida en una de tantas heroínas de la tradición romántica y consigue abrirse camino en la galería de los grandes símbolos universales, junto a Don Juan, Hamlet o Fausto, como un personaje que pelea con los hombres de carne y hueso para ocupar un espacio que estaba vacío.

Cuando Mèrimèe publicó su breve novela en 1845, Carmen aparecía como un ejemplo más de esas nuevas figuras femeninas que la literatura estaba descubriendo: como la Manon Lescaut que Prévost había presentado la década anterior , Carmen es irresistible, y ama abiertamente a quien quiere...aunque siempre dentro de los marginales y censurables ámbitos de la indecencia y el delito. No eran mujeres libres que consiguen la felicidad, sino descarriadas caprichosas que terminan ejemplarmente castigadas por sus propios creadores con la muerte. No es de extrañar que los empresarios de la sala Favart, local acostumbrado a obras ligeras y amables que entretenían a las familias burguesas de París, pusieran el grito en el cielo cuando Bizet les anunciara que había escogido la historia de la cigarrera para su próxima obra cómica de encargo. ¿Adulterio, contrabando y asesinatos pasionales en la Opéra-Comique? Trataron de que el compositor y sus libretistas aligeraran el argumento y los rasgos de su protagonista, pidieron que se sustituyese el final por algo menos trágico y uno de ellos acabó abandonando su cargo en el teatro para no estar presente en el escándalo que supondría su estreno.

Quizás el propio Bizet, buen conocedor de los gustos tranquilos del público de esta obra de encargo, pensó en un principio que la historia podía pasar por una comedia folklórica... pero a medida que trabajaba la obra, la fuerza de Carmen descartaba un género ligero y demandaba un dramatismo nuevo. El personaje se rebelaba incluso de los trazos dados por Mèrimèe y cobraba una dimensión más completa, en la que ya no tenía que ser una oscura criminal para querer defender su libertad en el amor: le bastaba con ser una mujer distinta. Había pasado de ser un atractivo pero lejano personaje que vive peligrosamente, a asentarse como un símbolo de reivindicación.

Narrar con música

El dramatismo, la sensualidad y la recreación folclórica que Bizet buscó en la ambientación musical de Carmen, basados en un atractivo despliegue de melodías y ritmos, convierte la audición de esta ópera en una experiencia que entusiasma siempre. Bizet construye ambientaciones musicales de escenas populares y cotidianas (como encontramos en los retratos callejeros de Sevilla, los coros infantiles, la velada en la taberna o los preámbulos a la fiesta taurina) y dentro de ese marco desenfadado va modelando la narración mediante la reiteración de los temas principales de la obra: el tema del destino de Carmen, la seducción de la habanera, o la canción del toreador adquieren una función simbólica que nos recuerda, apareciendo y desapareciendo como un narrador, el perfil sensual, trágico y libre de la protagonista.

Carmen está compuesta por una obertura y cuatro actos, en los que se desarrollan veintisiete números en una cuidada alternancia de lo cómico y lo trágico. De hecho, si escuchamos con atención los pasajes más dramáticos, comprobamos que adquieren la garra, en parte, por el contraste y la preparación que reciben de los fragmentos más ligeros.

El carácter psicológico de los personajes viene definido por sus colores vocales, por el tratamiento musical de sus intervenciones y por los instrumentos orquestales a los que van asociados. El papel de Carmen, que requiere la voz de cuerpo grave y sensual de una mezzosoprano, viene presentado por Bizet a través de piezas de talante popular (“habanera”, “seguidilla”, “copla” en vez de las “arias” comunes de una ópera) y aparece asociada al sonido sensual de la flauta o de la percusión folclórica: como ejemplo, los amantes de esta ópera recuerdan la discusión de los enamorados en el segundo acto, cuando la duda de don José entre quedarse con Carmen o volver con los demás militares aparece representada instrumentalmente mediante un duelo entre las castañuelas de la gitana y las trompetas que llaman a filas.


Algunas versiones inolvidables

1959. De los Angeles, Gedda, Micheau, Blanc. Orquesta de la Radiodifusión francesa dirigida por Beecham. EMI.
1964. Callas, Gedda, Guiot, Massard. Orquesta de la Ópera de París dirigida por Prétre. EMI.
1977. Berganza, Domingo, Cotrubas, Milnes. Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Abbado. Deutche Grammophon.

Curiosidades

Pese a la fría acogida inicial, pronto el éxito se hizo universal y 6 años después de su estreno ya se había presentado en 15 ciudades de Europa, América y Asia. Bizet murió entristecido por el fracaso de su gran obra, pero poco tiempo después ésta alcanzó un éxito hasta entonces jamás conocido.
En 1907, la expectación por su estreno en el teatro de Sao Paulo desbordó al público, que se enzarzó en un trágica batalla en las taquillas para conseguir entradas que acabó con varias muertes.
Aunque los libretistas recortaron los rasgos más delictivos de la Carmen de Mèrimèe, desde el estreno de la ópera se prohibió la entrada a las salas a los menores de edad por el escandaloso y amoral carácter de su protagonista.
La obra estaba planeada originalmente como una opéra-comique y, por tanto, alterna las piezas cantadas con diálogos hablados. Cuando Carmen empezó a conquistar al público y su relevancia y dramatismo la aproximaban ya a la concepción tradicional de grand-opéra, estos diálogos fueron sustituidos por unos recitativos compuestos por Giraud, amigo de Bizet, que prevalecieron como la versión más aceptada durante varias décadas. En 1949 la Opera Cómica de Berlín rescató la composición original de Bizet, que se mantiene hoy como la preferida en casi todos los teatros y grabaciones del mundo.
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